ESPACIO DE MEMORIA

 

EL MUSEU DE CAL PAUET DE JOSEP MARIA ANGLÈS

 

LES BORGES BLANQUES

 

 

Este espacio está totalmente vinculado al pasado, pero no al pasado en mayúsculas, de este ya se encarga la historia, sino de los artilugios más sencillos, de los útiles más abundantes que ayudaron en todo tipo de quehaceres, tanto domésticos como de una economía precaria y basada en la autosuficiencia. Algunos de ellos, vitales, en aquellos tiempos, nos recordaran nuestro periodo conjunto. Cuando los utilizábamos.

La gran mayoría de ellos han sido de uso común hasta hace una cincuentena de años. Después, el gran avance tecnológico los fue volviendo obsoletos a una gran velocidad pasando a ocupar los rincones de nuestras casas, ya abandonados y de allí a llenar los eventos de anticuarios. Afortunadamente, algunos “cariñosamente chiflados” tuvieron a bien coleccionarlos,  una vez pertinentemente restaurados.

 

 

 

Cada objeto es un recuerdo, un viaje por nuestra memoria, una memoria sentimental que nos embarca en el recuerdo de nuestra niñez y juventud más lejanas. Un descubrimiento de unos objetos que en su día utilizamos como algo muy normal y cotidiano.

 

 

Este espacio se puede llevar a cabo gracias a dos personajes, Josep Maria Anglés Farrerons que ha promovido y dirige el Museo de “Cal Pauet” donde su objetivo es conservar y mostrar un sinfín de objetos cotidianos de hace unas décadas totalmente vinculados al devenir diario de una forma de vida ya extinguida. Tendremos juguetes, material escolar, libros y revistas, objetos de uso familiar hasta un total de 1.700 objetos, cada uno con vida propia. El otro es Josep Antón Fusté Bonet que ha restaurado y coleccionado una infinidad de objetos procedentes de la antigua economía agraria y su correspondiente uso doméstico y familiar. Cada ejemplar tiene una vida y una actividad única, que hoy ha pasado a engrosar el campo de la memoria.

 

 

EL PUPITRE

 

 

EL PUPITRE

 

Quien no recuerda con inusitado cariño los viejos pupitres de madera donde nos sentábamos largos periodos de tiempo mientras un esforzado y paciente profesor con su correspondiente vara o regla en la mano iba recitándonos de forma monocorde la lista de los reyes godos españoles.

 

La aula o la clase como la denominábamos era un espacio normalmente cuadrado. En una pared, normalmente ventanales, en otros dos lados, armarios y un larguísimo guardarropía con ganchos donde de día colgábamos chaquetas, abrigos y chubasqueros y por la noche las batas ralladas verticales (básicamente en azul y negro con un bolsillo a la altura del corazón con el nombre bordado.

 

 

En la pared principal una larga y alta pizarra. Estaba sobre una tarima que permitía una mayor visibilidad tanto de la pizarra por los alumnos como de estos por el profesor. Este ocupaba una austera mesa en un costado de la elevación dejando libre toda la parte de la pizarra. El suelo de madera no ocupaba toda la pared y dejaba al descubierto dos pequeños laterales muy adecuados para tener algún alumno castigado, bien, plantado de cara a la pared, o de rodillas y en algunas ocasiones con los brazos en cruz con libros en las manos o sin ellos y orejas de burro sobre la cabeza. Debo decir que en aquella época los maestros practicaban con denuedo el lema de “la letra con sangre entra”.

 

pupitre genérico con la bata correspondiente            pupitre con la plataforma recogida                          pupitre con el cajón para guardar los libros

 

Frente al profesor  y  en perpendicular, los pupitres. Se colocaban paralelos los unos a los otros con pasillos a ambos costados para permitir el acceso de los alumnos. Los pupitres eran de dos plazas con asientos plegables. Esto permitía su circulación y también los castigos de rodillas sobre una rejilla elevada que impedía que se pudiese tocar el suelo. Esta rejilla evitaba que el barro de los zapatos se acumulase en los pies y también servía para aislar los pies del alumno de los fríos suelos del edificio. Pero su contrapartida estaba en que cuando castigaban a los niños de rodillas (harto frecuente), las láminas dejaban una perceptible huella listada roja en estas articulaciones.

 

 

Los asientos tenían un respaldo lo que les hacía más cómodos. La parte delantera estaba en ocasiones cerrado por lo que no se veían las piernas pero también los había abiertos. La plataforma principal era plana en su principio ya que contenía unas pequeñas ranuras para lápices y un tintero por alumno. Esto representaba una zona llana de unos diez centímetros de anchura. Después caía en pendiente, no excesivamente pronunciada para facilitar las labores de lectura y escritura. Era la parte más voluminosa y llegaba casi a la altura del cuerpo del alumno. Debajo de esta plataforma había una especie de cajón abierto que permitía guardar los libros y libretas que no se usasen en aquella materia lectiva.

 

Diferentes estado físicos que podían adoptar los pupitres según la combinación de asientos y plataformas

 

En este de la fotografía podemos observar que en la parte más cercana a los alumnos hay una pequeña plataforma que puede recogerse sobre sí misma. Tendrá una anchura de 10 centímetros y su razón de ser radica en que permite a los alumnos de más edad y por tanto de mayor volumen, circular por el interior del pupitre al disponer de mayor espacio. Una vez sentados se volvía a su forma original.

 

Este pupitre es de la década de los años 1940 pero se tiene constancia de la existencia útil de estos artilugios desde los últimos años de la década de 1920. Construidos enteramente en madera y en especial de madera de pino fueron sustituidos hacia los años 1970 por otros con un diseño más moderno y fabricados con metal y maderas sintéticas.

 

Mapa preconstitucional español presente en todas las fotografías que guardamos de nuestra niñez en el colegio